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el traductor y el intérprete.
 
Cada mes un invitado relacionado con el mundo de las palabras y de la comunicación.

Este mes:
Miguel Wald
Miguel Wald
 
Cada mes presentaremos a
uno de los traductores que colaboran con Aleph Translations.

Este mes:
Paul Roigé

Paul Roigé
 
Una pausa para disfrutar con los Grandes Palabristas.

Este mes :
"Álex Grijelmo"

Aurora Humarán
 
     
 

 
«Los traductores sois el enlace de las culturas y de los conocimientos, la vía de comunicación entre la antigüedad y el presente, los artífices de la formidable acumulación de saberes que hemos logrado a lo largo de la historia, sois los instrumentistas del idioma, los habitantes de la casa más dulce que se conoce, sois los revisores del tren que lleva las palabras de un sitio a otro. Sólo vosotros podéis demostrar que las palabras distintas nos hacen iguales, porque todo se puede expresar en nuestro propio idioma si así nos lo proponemos.

Merecéis nuestro reconocimiento por la función social de vuestro trabajo y por vuestras aportaciones a nuestro idioma.

Vosotros, traductores de cualquier lengua, habéis logrado convertir la primitiva dispersión de pueblos y de culturas en la moderna unidad del género humano.»

Álex Grijelmo (Buenos Aires, agosto de 2006)

 

 

A.H.: Varias biografías tuyas dicen que decidiste ser periodista a los 13 años ¿A qué edad empezaste a interesarte por las palabras detrás de las palabras?

A.G.: Por aquel entonces. Mis amigos del colegio se reían de mí porque les corregía mucho. Todavía recordamos hoy en día una vez en que pronuncié la palabra "errata" y les hizo mucha gracia porque no la conocían; me consideraban un pedante. Quizá tenga todo una explicación muy simple: yo era tan aficionado al fútbol, que me leía todas las secciones de deportes de los periódicos; eso me hizo entrar en contacto con la letra impresa antes que mis compañeros. Y de los deportes fui pasando a otras secciones. Al final, tenía más vocabulario que ellos; y sus bromas me hicieron consciente de eso. Yo no solía lograr muy buenas notas en los estudios, mis amigos eran mucho mejores, pero les superaba cuando hablábamos de palabras. Supongo que esa fortaleza me animó a continuar por ahí.

A.H.: ¿Qué te pareció el hecho de que el escritor argentino Roberto Fontanarrosa haya elegido hablar de las (así llamadas) malas palabras en el Congreso de la Lengua Española en Rosario?

A.G.: Me pareció genial, como todo lo de Fontanarrosa. Para mí no hay malas palabras, sino palabras mal utilizadas.


A.H.: ¿Creés que el español es más eufemístico que otros idiomas? (¿Somos más eufemísticos los hispanohablantes?)

A.G.: Eso va por épocas y por países. En España por ejemplo, utilizamos más palabrotas que en otros sitios del idioma español, pero hace unos años no ocurría así. Las palabras suelen ser un magnífico termómetro de la sociedad. No se habla igual en una dictadura que en una democracia.


A.H.: Suele ocurrir que al que usa las palabras apropiadas, al que tiene riqueza de vocabulario se lo mira incluso con desconfianza. En un mundo cada vez más superficial, ¿carece de jerarquía la lengua?

A.G.: Eso pasa, es verdad. Pero también se da el fenómeno contrario: tendemos a creer y a seguir a quien habla bien. Pasó en México: el mismo partido de fútbol era transmitido por dos cadenas distintas, y ganó el que tenía como comentarista a Valdano. Yo creo que, en porcentaje, esta parte de la realidad tiene más presencia que la otra. Quizá ambos hechos guardan relación con el ambiente o la situación en que se usa un lenguaje rico. Una persona culta puede elegir su registro: vulgar, común, culto, erudito... Tal vez haya más posibilidades de ser tenidos por pedantes si elevamos nuestro nivel en situaciones que no lo requieren; porque hay gente que no puede cambiar de registro, y en vez de fijarse y aprender prefiere criticar y reírse.


A.H.: Los traductores somos eternos buscadores, insatisfechos incurables: siempre estamos estudiando algo más, algo nuevo. Esto dice bastante sobre la forma en que estamos parados en el mundo. Pero, ¿qué le pasa al mundo con nosotros? No tenemos reconocimiento social ni profesional. En el día a día, nadie cuestionaría los honorarios de un abogado, pero sí los de un traductor. ¿A qué atribuís esta falta de jerarquía de los traductores?


A.G.: Con los traductores se intenta siempre un juego de magia: se busca su desaparición porque preferimos imaginar que la obra ha sido escrita tal y como la leemos. Saber que existe un traductor equivale a decirle al lector que no está leyendo el texto original. A algunos les incomoda el traductor como intermediario. Por eso se acaba creando la ficción de que no existe. Me parece un error, porque un buen traductor no solo es imprescindible sino que puede incluso mejorar una obra. Otro problema derivado de ello es el temor de que los traductores eleven los costes de un libro: cuanto más se les reconozca, más caros resultarán. Todo esto me parece muy injusto. Hacen falta asociaciones gremiales que defiendan los intereses de los traductores y que certifiquen la calidad del trabajo. Todos nos hemos encontrado traducciones horrorosas, y eso no beneficia a la lectura y puede resultar perjudicial a medio plazo para las propias editoriales.


A.H.: ¿Qué es el grupo Orégano?

A.G.: Un grupo de amigos que se reunió en 1976 para cantar música tradicional castellana, en un momento en que toda España buscaba las raíces populares destruidas por la dictadura de Franco. Entre esos amigos estaba yo con una guitarra. Íbamos por los pueblos para rescatar romances perdidos, cantos de ronda, bailes a lo llano... Después evolucionamos, compusimos canciones con letras reivindicativas y música basada en raíces tradicionales... Grabamos tres discos --el último hace dos años- y todavía cantamos de vez en cuando; la última vez, el pasado agosto en un pueblo de La Rioja. Me parece increíble haber compatibilizado esto con mi trabajo.


A.H.: ¿Hablás otros idiomas?

A.G.: En el bachillerato estudié francés y después aprendí inglés por mi cuenta. Puedo usarlos para mi trabajo, pero no para traducir profesionalmente. También puedo hablar catalán pese a ser de Burgos; pero casi nunca lo he hecho realmente.

A.H.: ¿Cómo suena en tus oídos el habla de los argentinos?

A.G.: Me encantan todas las variedades del español. La argentina es la más remota, la que menos evoluciones ha experimentado, por razón de las rutas del comercio de siglos atrás y las difíciles comunicaciones. Por eso me parece la más atractiva, porque siguen vivas palabras y usos sintácticos y gramaticales ya desaparecidos en otros lugares.

A.H.: «La palabra ‘la’, que es una casi palabra, es derivada de ‘illa’, que significaba aquella en latín. Es decir, antes fue una palabra orientada, palabra justificada y como animada de algún gesto; ahora es fantasma de ‘illa’, sin más tarea que indicar un género gramatical: clasificación asexuadísima, desde luego, que supone virilidad en los alfileres y no en las lanzas...» (El idioma de los argentinos, Jorge Luis Borges). Esto va solo para que te dejes tentar por la prosa de Borges. Es una invitación, Álex…

A.G.: Tengo muchas deudas con Borges, y espero pagarlas.

 
   
Reportaje ~ Palabras