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«Los
traductores sois el enlace de las culturas y de los conocimientos,
la vía de comunicación entre la antigüedad y
el presente, los artífices de la formidable acumulación
de saberes que hemos logrado a lo largo de la historia, sois los
instrumentistas del idioma, los habitantes de la casa más
dulce que se conoce, sois los revisores del tren que lleva las palabras
de un sitio a otro. Sólo vosotros podéis demostrar
que las palabras distintas nos hacen iguales, porque todo se puede
expresar en nuestro propio idioma si así nos lo proponemos.
Merecéis
nuestro reconocimiento por la función social de vuestro trabajo
y por vuestras aportaciones a nuestro idioma.
Vosotros,
traductores de cualquier lengua, habéis logrado convertir
la primitiva dispersión de pueblos y de culturas en la moderna
unidad del género humano.»
Álex Grijelmo (Buenos Aires, agosto de 2006)

A.H.:
Varias biografías tuyas dicen que decidiste ser periodista
a los 13 años ¿A qué edad empezaste a interesarte
por las palabras detrás de las palabras?
A.G.: Por aquel entonces.
Mis amigos del colegio se reían de mí porque les corregía
mucho. Todavía recordamos hoy en día una vez en que
pronuncié la palabra "errata" y les hizo mucha
gracia porque no la conocían; me consideraban un pedante.
Quizá tenga todo una explicación muy simple: yo era
tan aficionado al fútbol, que me leía todas las secciones
de deportes de los periódicos; eso me hizo entrar en contacto
con la letra impresa antes que mis compañeros. Y de los deportes
fui pasando a otras secciones. Al final, tenía más
vocabulario que ellos; y sus bromas me hicieron consciente de eso.
Yo no solía lograr muy buenas notas en los estudios, mis
amigos eran mucho mejores, pero les superaba cuando hablábamos
de palabras. Supongo que esa fortaleza me animó a continuar
por ahí.
A.H.: ¿Qué
te pareció el hecho de que el escritor argentino Roberto
Fontanarrosa haya elegido hablar de las (así llamadas) malas
palabras en el Congreso de la Lengua Española en Rosario?
A.G.: Me pareció
genial, como todo lo de Fontanarrosa. Para mí no hay malas
palabras, sino palabras mal utilizadas.
A.H.: ¿Creés
que el español es más eufemístico que otros
idiomas? (¿Somos más eufemísticos los hispanohablantes?)
A.G.:
Eso va por épocas y por países. En España por
ejemplo, utilizamos más palabrotas que en otros sitios del
idioma español, pero hace unos años no ocurría
así. Las palabras suelen ser un magnífico termómetro
de la sociedad. No se habla igual en una dictadura que en una democracia.
A.H.: Suele ocurrir
que al que usa las palabras apropiadas, al que tiene riqueza de
vocabulario se lo mira incluso con desconfianza. En un mundo cada
vez más superficial, ¿carece de jerarquía la
lengua?
A.G.:
Eso pasa, es verdad. Pero también se da el fenómeno
contrario: tendemos a creer y a seguir a quien habla bien. Pasó
en México: el mismo partido de fútbol era transmitido
por dos cadenas distintas, y ganó el que tenía como
comentarista a Valdano. Yo creo que, en porcentaje, esta parte de
la realidad tiene más presencia que la otra. Quizá
ambos hechos guardan relación con el ambiente o la situación
en que se usa un lenguaje rico. Una persona culta puede elegir su
registro: vulgar, común, culto, erudito... Tal vez haya más
posibilidades de ser tenidos por pedantes si elevamos nuestro nivel
en situaciones que no lo requieren; porque hay gente que no puede
cambiar de registro, y en vez de fijarse y aprender prefiere criticar
y reírse.
A.H.: Los traductores
somos eternos buscadores, insatisfechos incurables: siempre estamos
estudiando algo más, algo nuevo. Esto dice bastante sobre
la forma en que estamos parados en el mundo. Pero, ¿qué
le pasa al mundo con nosotros? No tenemos reconocimiento social
ni profesional. En el día a día, nadie cuestionaría
los honorarios de un abogado, pero sí los de un traductor.
¿A qué atribuís esta falta de jerarquía
de los traductores?
A.G.: Con los traductores
se intenta siempre un juego de magia: se busca su desaparición
porque preferimos imaginar que la obra ha sido escrita tal y como
la leemos. Saber que existe un traductor equivale a decirle al lector
que no está leyendo el texto original. A algunos les incomoda
el traductor como intermediario. Por eso se acaba creando la ficción
de que no existe. Me parece un error, porque un buen traductor no
solo es imprescindible sino que puede incluso mejorar una obra.
Otro problema derivado de ello es el temor de que los traductores
eleven los costes de un libro: cuanto más se les reconozca,
más caros resultarán. Todo esto me parece muy injusto.
Hacen falta asociaciones gremiales que defiendan los intereses de
los traductores y que certifiquen la calidad del trabajo. Todos
nos hemos encontrado traducciones horrorosas, y eso no beneficia
a la lectura y puede resultar perjudicial a medio plazo para las
propias editoriales.
A.H.: ¿Qué
es el grupo Orégano?
A.G.: Un grupo de
amigos que se reunió en 1976 para cantar música tradicional
castellana, en un momento en que toda España buscaba las
raíces populares destruidas por la dictadura de Franco. Entre
esos amigos estaba yo con una guitarra. Íbamos por los pueblos
para rescatar romances perdidos, cantos de ronda, bailes a lo llano...
Después evolucionamos, compusimos canciones con letras reivindicativas
y música basada en raíces tradicionales... Grabamos
tres discos --el último hace dos años- y todavía
cantamos de vez en cuando; la última vez, el pasado agosto
en un pueblo de La Rioja. Me parece increíble haber compatibilizado
esto con mi trabajo.
A.H.: ¿Hablás
otros idiomas?
A.G.: En el bachillerato
estudié francés y después aprendí inglés
por mi cuenta. Puedo usarlos para mi trabajo, pero no para traducir
profesionalmente. También puedo hablar catalán pese
a ser de Burgos; pero casi nunca lo he hecho realmente.
A.H.: ¿Cómo
suena en tus oídos el habla de los argentinos?
A.G.: Me encantan
todas las variedades del español. La argentina es la más
remota, la que menos evoluciones ha experimentado, por razón
de las rutas del comercio de siglos atrás y las difíciles
comunicaciones. Por eso me parece la más atractiva, porque
siguen vivas palabras y usos sintácticos y gramaticales ya
desaparecidos en otros lugares.
A.H.: «La palabra
‘la’, que es una casi palabra, es derivada de ‘illa’,
que significaba aquella en latín. Es decir, antes fue una
palabra orientada, palabra justificada y como animada de algún
gesto; ahora es fantasma de ‘illa’, sin más tarea
que indicar un género gramatical: clasificación asexuadísima,
desde luego, que supone virilidad en los alfileres y no en las lanzas...»
(El idioma de los argentinos, Jorge Luis Borges). Esto va solo para
que te dejes tentar por la prosa de Borges. Es una invitación,
Álex…
A.G.: Tengo muchas
deudas con Borges, y espero pagarlas.
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